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viernes, junio 12, 2009

Espejo nº 4

"Melillano, los besos de este relato son tuyos…"
El beso

¿Un beso despacito?... un beso en el que atrapo tu lengua en mi boca cuando intentas lamerme, y la chupo suavemente, notando tu, como mis labios se cierran alrededor de tu lengua....

- Jajaja. Roberto, no. Aquí no podemos.
- ¿Porqué no nena? Estamos solos, el único que puede oírnos es Y.O.S.G.A.H. y ni siquiera es humano. No sabe que es un beso.

No sabe que es un beso. No sabe que es un beso. No sabe que es un beso. No sabe que es un beso. No sabe que es un beso. No sabe que es un beso. No sabe que es un beso. No sabe que es un beso. No sabe que es un beso. No sabe que es un beso. No sabe que es un beso.

Esa seis palabras se le clavaban como dardos envenenados en las entrañas.., bueno, seguro que se le clavarían si él tuviese entrañas. En todo caso se le clavaban de manera insistente y molesta en los cables y microchips que formaban su ser.

Y.O.S.G.A.H. era el primer prototipo de Inteligencia Artificial que el hombre había construido. Estaba programado para aprenderlo todo por sí mismo y cuando el Sargento Roberto Casaña encargado de vigilar su buen funcionamiento había hecho a la ligera ese comentario, había picado su orgullo. Bueno lo habría picado si lo tuviese claro, en cualquier caso, había puesto todos sus circuitos a trabajar para averiguar qué era eso que él no conocía, lo del beso.

Había mirado en infinidad de bases de datos y se había aprendido la teoría al dedillo.
Beso: 1. m. Acción y efecto de besar.
Besar: 1. tr. Tocar u oprimir con un movimiento de labios, a impulso del amor o del deseo o en señal de amistad o reverencia.

Desde un punto de vista teórico lo del beso no era para tanto, no parecía muy interesante, ni complicado, pero unos minutos después de que el Sargento Roberto Casaña hiciese esos comentarios, él y la mujer que le acompañaba habían comenzado a juntar sus labios y tocarse con ellos y los sensores de sus sistemas habían detectado un aumento inmediato en la temperatura de sus cuerpos.

De hecho había aumentado tanto que se habían visto obligados a arrancarse la ropa el uno al otro. Inmediatamente Y.O.S.G.A.H. había activado el protocolo que le obligaba a velar por cualquier humano que estuviese a su cargo y había bajado considerablemente la temperatura ambiente de la habitación. Ni el sargento ni la mujer parecían haberlo notado, habían seguido juntando los labios y tocando la piel del otro de forma casi compulsiva, frenética, mientras, sus respiraciones se volvían cada vez más agitadas.
Eran pura energía, y esa generación espontanea de energía calorífica lo intrigaba.

Y.O.S.G.A.H., al oír los gemidos de ambos humanos, había pensado que estaban sufriendo mucho y había aumentado la cantidad de recursos que sus sistemas estaban destinando para aprenderlo todo sobre los besos.

¿Hasta qué punto podían ser peligrosos para la raza humana?.

En unos minutos supo que esos sonidos en concreto no denotaban sufrimiento, sino por lo visto, mucho placer, y volcó sus investigaciones en lo que significaba el término placer.
Placer: 1. m. Goce, disfrute espiritual.

Había millones de páginas web dedicadas a estudiar esos conceptos. Cuanto más buscaba, más términos nuevos e interesantes relacionados aparecían: Amistad, amor, deseo…sexo. Únicamente para poder estudiar lo que había en la red sobre el último, tuvo que concentrar la mayoría de sus recursos en el procesamiento de la información que obtenía..., y aún así no parecían ser suficientes.

Pronto no hizo otra cosa que buscar y procesar información sobre sexo. Abandonó todos y cada uno de los procedimientos que tenía lanzados para ahondar en busca de más, y más, y más información sobre el tema.

El sexo lo estaba consumiendo. Había perdido la noción del tiempo que llevaba invertido en procesar toda la información sexual que encontraba, y aún así no era suficiente. Sencillamente quería más, sus circuitos estaban poniéndose al rojo vivo pero Y.O.S.G.A.H no podía parar de buscar.

La orden de borrado de todos los datos almacenados en sus sistemas durante las últimas horas fue emitida desde un terminal externo sin que Y.O.S.G.A.H fuese consciente de nada.

Game over. Muerte dulce…, y todo por un beso.

miércoles, marzo 04, 2009

Espejo nº3

"Melillano...jiji ¿un poquino de helado de turrón quieres?"

Helado de Turrón

El Audi A3 colgaba precariamente justo encima de uno de los puentes que cruzaban sobre la NII. El color rojo, que a Eli tanto le había gustado ese verano en el catalogo del concesionario cuando había ido a comprarlo, destacaba ahora de forma obscena entre el amasijo de hierros que evitaban que el coche cayese al vacío. Por desgracia, en esos momentos ella estaba sentada en el asiento del conductor dentro del susodicho vehículo, por lo que estaba colgando del maldito puente también.


Una vez recuperada del pánico de la impresión inicial, se giró lentamente para evaluar los daños. La luna de la parte trasera de su coche estaba completamente destrozada. Mucho se temía que el pequeño Trancas, habitualmente apoyado en la bandeja trasera del mismo, habría caído al vacío que era la NII debajo del puente. El rostro de Eli esbozó una ligera mueca por su peluche, ya inevitablemente perdido, y siguió buscando algo entre los restos de cristales. Sus ojos se movían de un lado a otro sin apenas permitirse el más ligero parpadeo. En realidad tenía la expresión desquiciada de quien se encuentra en estado de shock.

¡Por fin!, localizó, milagrosamente entera y atascada entre los restos de cristales de la luna, una tarrina gigante de helado. "Su" tarrina gigante de helado. De helado de turrón, para ser más precisos, y probablemente, como reconoció Eli interiormente mientras la buscaba, el motivo por el que ella y su coche estaban colgados del puente.

Helado de turrón...Mmmmm. Se moría por esa tarrina gigante. Literalmente. Deseaba, con un ansia salvaje, comerse a bocados un par de bolas enormes del dulce néctar que le había costado el coche.

Llevaba obsesionada con el helado de turrón desde mucho antes de haberse estampado contra el muro del puente. Era una locura, pero durante unas milésimas de segundo había estado segura de que iba morir y lo único que había sentido era rabia por no haber sido capaz de abrir la maldita tarrina antes.

Curiosamente a ella nunca le había llamado especialmente la atención el helado de turrón, pero de un tiempo a esta parte lo veía por todas partes: si comía en un restaurante, el postre recomendación especial de la casa era helado de turrón; en el supermercado, el helado de oferta era de turrón; en la tele, una conocida marca de helados no paraba de promocionar su nuevo producto estrella: Tarta de helado de turrón; incluso un niño, con la cara pringosa por el helado de turrón, había llegado a sentarse en el metro a su lado y ¡¡derramar las bolas del helado sobre su blusa!!.

El helado de turrón amenazaba con volverla loca.

Tenía imágenes fugaces de ella misma tomando un baño caliente mientras lamía con glotonería un par de bolas de helado de turrón. O escapándose furtivamente de la oficina, al cuarto de las escobas, para tomarse un descanso sin permiso, y saborear muy rápido, a mordiscos, casi con desesperación, un par de bolas de helado de turrón.

Como contrapartida a esa necesidad acuciante, nunca encontraba la ocasión perfecta para llevar a cabo sus fantasías. O tenía que salir corriendo del restaurante, por motivos laborales, sin poder comerse el postre; o la maruja de turno, la del carrito de delante suyo, se llevaba el último paquete, de todo el supermercado, de helado de turrón; o no terminaban de traer la novísima y famosa tarta de helado de turrón a las tiendas de su barrio...; o incluso, cuando estaba a punto de mandar las normas del decoro y la educación al carajo, para robarle el helado de turrón al maldito y provocador niño del metro: ¡¡el muy tonto iba y se lo tiraba encima!!

El cosmos conspiraba para dejar insatisfecho su deseo..., y ahora ¡que por fin!, el helado de turrón estaba como quien dice, bien cerca, al alcance de su mano..., ¡¡se encontraba al borde de la muerte colgada de un puente encima de la Nacional II!!

...que la ahorcasen si no iba a comérsela ya mismo, así tuviese que coger el helado a puñados con las manos.

Se soltó el cinturón de seguridad, que aún llevaba puesto, y escaló, retorciéndose como una culebra, por el asiento para saltar a la parte trasera del vehiculo. Durante unos aterradores segundos, el coche se tambaleó, dudando si caerse del todo a la Nacional o aguantar un poquito más así colgado, y durante esos aterradores segundos Eli reconsideró su postura anterior: puede que, quizás, esa clase de comportamiento temerario y obsesivo por el helado de turrón junto con el hecho de haberse empeñado en abrir la tarrina mientras conducía, fuesen los verdaderos motivos de su accidente..., y no la tarrina de helado en si misma.

Echó un vistazo fugaz a la tarrina...estaba tan cerca.

Ignorando el breve momento de cordura, estiró el brazo un poco más para tratar de alcanzarla. Estaba realmente cerca..., casi podía rozarla con la punta de los dedos. Solo tenía que estirarse un poco más, un poquito más y por fin sería suya. Saboreó el helado por adelantado y salivó por ello.

Justo cuando cuando tocaba con las yemas de los dedos la cajita de la tarrina, los gritos de un buen samaritano la sobresaltaron:
- "AY DIOS MIO!!! ¿ESTA USTED BIEN?? NO SE MUEVA!!!"

Solo fue necesario eso, un pequeño temblor de su mano debido a el susto por los gritos, y observó estupefacta como su tarrina de Helado de Turrón caía al vació y se estrellaba en el duro asfalto con un golpe seco.

CHAF!

Eli rompió a llorar desconsoladamente.

Madrid, 04 Marzo de 2009.

lunes, enero 05, 2009

Espejo nº2

Para la dulce Mairi jijiji, este es el que me pediste...fuiste tu quien me dio la idea, y ha sido muy, muy, muy divertido escribirlo...
El infinito rosa

BUFFET LIBRE: Coma todo lo que quiera solo por 10€.
¡PROHIBIDO TIRAR COMIDA!
Marina estaba muy orgullosa de su establecimiento. Era el mejor restaurante de la N-V, y aunque era consciente de que la mayoría de sus clientes eran camioneros que viajaban por la península transportando mercancías, solía jactarse de que venían de todas partes del país solo para degustar su comida.

A través de las ventanas del comedor pudo ver como un camión aparcaba en el parking. Era un tráiler enorme, y el hombrecito que se bajó del mismo la antítesis del camionero tradicional. Apenas si alcanzaba el metro sesenta, pelirrojo, de complexión esmirriada y brazos flacuchos. Por si esto fuera poco, tampoco vestía como un verdadero camionero, era demasiado…vaporoso, ¡sí!, justo esa era la palabra: era un hombrecito vaporoso y saltarín, con pantalones de tela a rayas y una camisa lila…, ¡por favor!!, si incluso llevaba un pañuelo rosa perfectamente anudado en la garganta.

En cuanto entró en el comedor, le preparó una mesa al lado de una de las pocas ventanas que este tenía. El hombrecito la ponía un poco nerviosa ya que antes de sentarse, o incluso de que le explicase que mientras se comiese todo lo que se echara en el plato podría servirse tantas veces como quisiera, él se había acercado a las bandejas del buffet paseándose por delante de las mismas y sonriendo extasiado, para empezar a amontar comida en un plato.

Primero unos entrantes. Chorizo, salchichón, queso, jamón serrano…, y después una generosa ración de ensaladilla rusa casera. Marina se sentía muy orgullosa de su ensaladilla rusa cremosa y sin apenas zanahoria. Por la ingente cantidad que el hombrecito se estaba echando en el plato, parecía que a él le gustaba mucho también.

Según avanzaba por la barra del buffet se le escapaban exclamaciones de júbilo ante el descubrimiento de nuevos guisos, lo que despertaba las sonrisas divertidas en el resto de los comensales, y aumentaba la desconfianza de Marina: el camionero era demasiado pequeño para la cantidad de comida que estaba cogiendo.

Con los ojos entrecerrados, le observó servirse una generosa cucharada de la ensalada especial de pimientos rojos. Marina odiaba que la gente desperdiciase la comida. Por fin, él dejó de coger platos y se dirigió a su mesa. Vertió una generosa cantidad de vino tinto en su copa, y comenzó a comer lentamente, saboreando cada bocado mientras miraba por la ventana los coches que llegaban y se iban del lugar. De repente, mientras parecía degustar obnubilado un trozo de lubina a la sal, parpadeó confuso. Marina siguió la dirección de su mirada pero no observó nada extraño en el coche aparcado tres plazas a la derecha del que estaba justo enfrente de él, y que sin embargo parecía haber llamado poderosamente su atención.

Con aparente fastidió, él hizo a un lado su plato, y pensativo se sirvió otra copa de vino tinto. Al verlo Marina frunció el entrecejo, la lubina a la sal estaba en su punto, ella misma la había probado antes de colocarla en el mostrador de comidas, más valía que ese extraño personaje se comiese todo lo que se había servido o…; Furibunda se acercó a su mesa para advertirle de las terribles consecuencias de atreverse a sobrar algo.

Llegó a su lado justo en el mismo momento en que él se levantaba de la silla de golpe gritando:
- ¡Las moscas!

Lamentablemente ese brusco e inesperado movimiento por parte del camionero hizo que ambos chocasen, y que el hombrecito le tirase encima la copa de vino que tenía en la mano. Sorprendida solo había podido farfullar:
- ¿Las moss-cas? ¿qqqque moscas?
- Mis más sinceras disculpas señora, no la vi acercarse – al hablar él lucía en la cara un encantador tono sonrojado que hacía juego con la mancha de infinito rosa que se extendía implacable por su blusa anteriormente inmaculada.
- ¿Pero qué moscas?. No pensará tirar toda esa comida, ¿verdad señor? – preguntó con tono quisquilloso, mientras trataba de secar con un trapo el vino de la blusa.

Él miró su plato todavía rebosante de comida, entre la que destacaba de forma obscena el rojo encendido de los pimientos asados de la ensalada, y la miró alarmado:
- Por supuesto que no, mi querida dama. Su comida es absolutamente deliciosa. Tengo toda la intención de comerme este plato, y volver a por más. Me muero por probar el estofado de su menú.

Ella, algo apaciguada por los encendidos requiebros que el camionero hacía a sus guisos, sonrió y le preguntó distraída:
- ¿Decía usted de unas moscas?

En ese momento él pareció recordar el motivo de su desasosiego, y cogiéndola del brazo señaló acalorado al cristal de la ventana:
- ¿Ha visto usted la cantidad tan alarmante de moscas que pululan alrededor de aquel coche blanco?.

Ella miró el coche que le indicaba y confirmó el extraño fenómeno. El coche tenía, ciertamente, muchas moscas. Algunas revoloteaban alrededor de las ruedas, otras simplemente estaban por allí posadas.
- Sí que es curioso, pero no veo porqué le resulta tan interesante.
- Estamos en octubre, hace mucho frio para que las moscas abunden en las cocinas de las casas, y sin duda más aún para que abunden en el exterior, alrededor de las ruedas de un coche. – explicó él pacientemente, y añadió bajando la voz - Solamente he visto tantas moscas juntas rondando algo una vez en mi vida…, insisto en que debo ir a investigar.

La desconfianza de Marina reapareció de golpe al oír esta última afirmación.
- Señor camionero, ¿no estará pensando en irse de mi local sin pagar su consumición? ¿cierto?, y lo que es peor ¿sin haberse terminado ese plato? ¿cierto?.

Él la miró perplejo, y su cara volvió a enrojecerse esta vez de pura rabia ante semejante insinuación:
- Por supuesto que no, ¿por quién me ha tomado usted?.

El silencio que siguió fue suficiente respuesta para él, pues farfulló entre dientes:
- Si no me cree acompáñeme fuera. Solo quiero mirar más de cerca ese coche.

Marina muy tiesa le siguió hacía la salida. En el aparcamiento el coche blanco estaba tomado por las moscas. Cientos de ellas formaban una nube alrededor de sus ruedas. El camionero se estremeció de asco, pero a pesar de ello, rodeó el vehículo con su característico andar a saltitos, y se puso a revisarlo minuciosamente. Marina le seguía de cerca casi pegada a su espalda.

De repente, el hombrecillo frenó bruscamente su peregrinaje alrededor del coche, y mortalmente pálido señaló tembloroso un punto indeterminado entre el tubo de escape y la rueda trasera izquierda del coche.

Muy intrigada, Marina estiró el cuello y miró hacía donde le indicaba su peculiar compañero, pero no vio nada más que más moscas moviéndose alrededor de algo.

Confusa se volvió de nuevo hacía el vaporoso hombrecillo, y su expresión horrorizada la animó a mirar otra vez con más detenimiento. En ese momento una de las moscas revoloteó para cambiarse de sitio, y entonces pudo verla. Era, sin lugar a dudas, una pálida nariz humana. En vida, el dueño de la misma debía haber sido conocido como “el narizotas”, por qué el apéndice que estaban observando era grotescamente grande. Parecía estar en bastantes buenas condiciones…, si no se tenía en cuenta que estaba pegada de forma bastante antinatural e inexplicable a los bajos de un coche en un bar de carretera. Su bar de carretera. Si uno se fijaba bien, incluso podían verse algunos pelillos negros que sobresalían y que el dueño no habría tenido tiempo (o ganas) de recortar antes de morir.

El inconfundible sonido de alguien vomitando interrumpió sus elucubraciones sobre la supuesta falta de glamur en el difunto, y se giró para mirar con lástima como su acompañante vaciaba su estomago de lo poco que había comido en el buffet.

Se veía venir. Estaba claro que el pobre no encajaba en lo más mínimo con el perfil varonil y estoico de todos los camioneros que conocía, ni siquiera había sido capaz de digerir la visión de una inofensiva nariz mutilada rodeada por unas pocas moscas. Con resignación se acercó a él, y le dio unos golpecitos en el hombro, al tiempo que trataba de tranquilizarle diciendo:
- No se preocupe usted. Ahora mismito llamamos a la policía para que se hagan cargo de este embrollo. Ea, en lo que llegan le pongo una tilita para que se me mejore y le calentamos ese plato de comida que se ha dejado a medias en la mesa, para que pueda terminárselo.

04 de enero de 2009, Madrid.

sábado, octubre 18, 2008

Espejo nº1

Sexo. Ella necesitaba un buen polvo o iba explotar por la tensión acumulada. Tres semanas era demasiado tiempo. El onanismo estaba bien, pero carecía de la satisfacción añadida de desear y ser deseado por otra persona , esa excitación que catapultaba el éxtasis del orgasmo a cimas mucho más altas que las de una maratón intensa de sexo en soledad.

Echó un vistazo a la sala abarrotada de la discoteca buscando una probable pareja para copular. Tenía muy claro lo que buscaba: una persona dispuesta a pasar un buen rato…, y nada más.

Al fondo de la sala vio a un posible compañero de cama. Atractivo, delgado, con el pelo corto…, llevaba ese estilo despeinado que se había puesto tan de moda. También vestía de forma desenfadada, vaqueros y una camiseta azul con un naranjito gigante. Encantador. Muy de su gusto. Tenía la mandíbula marcada, y por un instante deseó poder recorrerla con la punta de la lengua, saboreando su textura. Además de encontrarle atractivo físicamente también parecía alguien interesante. Para empezar estaba solo, sentado en una de las pequeñas mesitas que bordeaban la pista de baile. Sostenía un colgante entre las manos y lo miraba con expresión absorta, su cuerpo estaba allí pero su mente, sin duda, estaba en otro lugar. Él era una incógnita y tenía un halo de melancolía a su alrededor. Estaba claro que ese hombre no había venido a la discoteca a divertirse con los amigos, ni a bailar, y desde luego con esa actitud ensimismada en sus propios pensamientos no parecía muy interesado en ligar.


Eso estaba bien, la incertidumbre formaba parte de la diversión de sus escapadas en las noches Carpe Diem, como le gustaba llamarlas. Se acercó a él con decisión pero caminando despacio, disfrutando de la sensación de expectativa. Él no se percató de su interés hasta que no estuvo a su lado y le tocó el hombro para llamar su atención. Se giró con expresión molesta, era evidente que no tenía ganas de sociabilizar con nadie esa noche, pero ella ignoró su mala cara y le habló al oído para contrarrestar el ruido de la discoteca.

- Perdona, ¿te apetece echar un polvo conmigo?.

Casi pudo escuchar los pensamientos de su cerebro, la rápida sucesión de impresiones que pasaron fugazmente por su rostro la divirtieron. Sorpresa, incredulidad, interés…; Finalmente él esbozó una sonrisa burlona, más dirigida hacía si mismo que hacía ella. Tenía una bonita sonrisa.

- ¿Es una broma?.
- No.

Él la miró, sus ojos chispeantes probablemente por lo anómalo de todo el asunto, esperando una explicación. Eso le gustó, sentía la química, o la atracción, o lo que fuese fluir entre ambos. Si él aceptaba estaba segura de que iban a pasarlo muy bien juntos.

- Estaba aquí sentado, lamentándome por mi soledad esta noche, justo esta noche, pero sin ganas de buscar compañía, y entonces apareces tu.

La miró de arriba abajo, deteniéndose primero en sus largas piernas y luego en el pronunciado escote de su vestido hasta llegar a los ojos. El cruce de miradas fue eléctrico. Intenso. A ella le recorrió un escalofrío. Era deseo. Y él la deseaba a ella también, podía intuirlo. Perplejo, él repitió una vez más:

- Tiene que ser una broma…, ¿eres una prostituta? - Soltó aliviado por haber encontrado una explicación coherente a la proposición que le había hecho.

Ella dejó escapar una risa suave, pero solo dijo:

- No. Solo quiero follar contigo. ¿Nos vamos?.
- ¿Así? ¿Sin más?
- Así. Sin más.

Apenas un minuto de indecisión en su mirada. Se guardó el colgante en el bolsillo, y finalmente se levantó para acompañarla a la salida. Estaba claro que no la creía pero por algún motivo había decidido seguirle el juego y probar. ¿Por qué no?

Salieron juntos de la discoteca, sentía la mirada de él clavada en su nuca, pero no se giró hasta que estuvieron en la puerta. Le miró a la boca y se le acercó lentamente.

Él no se movió, esperando, todavía desconfiado.

Ella le acarició suavemente los labios con el dedo, sintiendo como él contenía la respiración pero no dejaba de mirarla a los ojos expectante. Le sonrió de forma maliciosa y se inclinó para mordisquearle el lóbulo de la oreja mientras le rodeaba la cintura con los brazo. Él exhaló el aire retenido de manera brusca, con un deje de alivio.

- Tranquilo – le susurró al oído mientras estrechaba el abrazo – Tranquilo. ¿Me puedes tocar?…tócame.

Él apoyó su frente en la de ella, mientras le cogía un par de mechones de pelo con una mano y le acariciaba suavemente el cuello con la otra.

- Me gusta tu pelo. Me recuerda al…

Ella le cortó poniéndole la mano en la boca pero sin separarse un centímetro de él, y susurró:

- No. Puedes imaginar que soy otra persona si quieres, pero no me des explicaciones. No las quiero.

Besos. De pronto, por fin la estaba besando, arrasando su boca con la lengua, de manera intensa, avariciosa, sin descanso una vez vencida toda timidez e indecisión previa.

El deseo fluía entre ambos libremente. Ella sonrió mentalmente ante lo que estaba por venir. Sería una buena noche. Por la mañana se iría silenciosamente del hotel en el que sin duda acabarían juntos, y él sería solo un recuerdo más. Una dulce incógnita con la que fantasear muchas veces las otras noches, las solitarias, las que no eran Carpe Diem, las de la vida real. Pero esa noche…

Madrid, 18 de Octubre de 2008

miércoles, julio 02, 2008

La casa

Madrid 19 de agosto de 2005
Para el primino favorito...por su paciencia mientras se gestó la historia...

LA CASA

La casa estaba situada en un lugar privilegiado justo en la calle principal, a medio camino entre la plaza del ayuntamiento y la iglesia, los dos pilares institucionales y sociales de la mayoría de los pueblos de España.
Ese verano, como todos los veranos, hacía calor en Extremadura. El sol abrasaba sin piedad las calles, y también a los pocos transeúntes que se aventuraban a salir de día entre las ocho y las ocho. Durante mucho tiempo nadie pareció percatarse de que la casa no tenía puerta. A primera vista la fachada no presentaba nada extraño. Estaba pintada de color blanco con una franja de color amarillo vainilla en la parte inferior. Tenía un balcón y una ventana en la planta superior y dos ventanas enrejadas en la planta baja. Pero en el hueco donde debiera haber habido una puerta no había nada, únicamente la solitaria placa de metal con el número de la casa, el veinte.
La puerta debía haber existido en algún momento entre la construcción de la casa y el actual, pero parecía que alguien la había tapado con ladrillos y luego lo había pintado todo del mismo color que el resto de la pared.
Casa, balcón, ventana e incluso un número al que enviar el correo pero ninguna puerta.



Raúl, como todos los años, estaba pasando las vacaciones de verano en casa de sus abuelos. Tenía diez años y era un chico de ciudad, de nueva generación como los teléfonos móviles, sabía manejar un ordenador mucho mejor que los cubiertos y adoraba los videojuegos. Sin embargo, también adoraba los largos días que pasaba en el pueblo, repletos de actividades tales como la pesca o el pastoreo de las ovejas de su abuelo. Pero sobre todo, disfrutaba de las aventuras que corría con los otros chicos de la zona y con su nueva mascota, un perro callejero que había adoptado hacía poco. Lo había llamado Fujür, pues durante el curso había leído “La historia interminable” y había envidiado a Atreyu que era amigo de un dragón blanco. Además, Raúl estaba convencido de que al igual que el Fujür original el suyo también daba suerte. Aunque su mascota no era blanca probablemente lo había sido, antes de que años de vagabundeo le estropeasen el pelaje dándole un aspecto desgastado y amarillento.

Un día al volver a casa, Fujür se detuvo y empezó a aullar delante de una ventana enrejada. Al principio Raúl no le presto mucha atención, el perro se distraía casi con cualquier cosa y él tenía prisa porque la abuela Julia se ponía de muy mal humor cuando llegaba tarde a cenar. Lo llamó para que le siguiese, pero el perro, que parecía decidido a ignorarle, siguió gruñendo furiosamente. Impaciente, se acercó y trató de engancharlo por la cuerda que tenía al cuello y que hacía las veces de collar, pero el animal se revolvió salvajemente hasta lograr soltarse y continuó ladrando como enloquecido. Perplejo, Raúl miró en la misma dirección preguntándose que tendría esa casa para poner de tan mal humor a Fujür.
A primera vista era una casa completamente normal. No debía hacer mucho que el dueño había pintado la fachada, aunque curiosamente y en contraste con esa pulcritud crecían multitud de hierbajos en las cañerías y en los bordillos de la ventana, e incluso en el suelo del balcón. De repente, se dio cuenta de que había algo raro y se olvidó de la regañina que le esperaba por llegar tarde a la cena. “¡La puerta!”, se dijo a sí mismo. “¡La casa no tenía puerta!. ¿Una casa sin puerta?”. Momentáneamente se sintió confundido hasta que se le ocurrió que quizás la entrada estuviese en la parte trasera, y de nuevo trató de convencer a Fujür para que le siguiese. Sin embargo, en ese momento el perro decidió salir corriendo calle abajo, hasta que se perdió por una callejuela lateral.
Raúl suspiró frustrado, y fue detrás de él. Al final de la calleja lo vio girar por una esquina, y cuando sin aliento por fin lo alcanzó el perro volvía a estar ladrando. Esta vez lo hacía delante de la puerta de una cochera de color verde con un gran candado y una cadena. Raúl supuso que dada la cantidad de matojos que asomaban por debajo de la misma, debía dar a un patio interior o tal vez a un pequeño huerto.
Fijándose con más detalle en la calle donde estaban, llegó a la conclusión de que el patio debía pertenecer a la casa sin puerta donde Fujür había estado ladrando minutos antes. Se acercó a su perro que seguía gruñendo y lo acarició lentamente intentando calmarlo.
Agachado a su lado, contempló la enorme puerta de metal. De repente, algo pareció cambiar en el ambiente. Era como si una sombra hubiese cubierto la calle pero no había ninguna nube en el cielo. Fujür también debió notarlo porque dejó de ladrar y estiró las orejas poniéndose alerta. Antes de que Raúl pudiese desprenderse de la sensación de que algo estaba mal, el perro se soltó de su abrazo y se puso a excavar como un loco delante de la cochera. Desconcertado Raúl lo dejó hacer, pero para cuando se dio cuenta de lo que el animal pretendía ya era demasiado tarde. Fujür se había escurrido entre la puerta y el pequeño agujero que había excavado. Boquiabierto, el niño se quedó mirando fijamente el lugar por el que su perro había desaparecido.
Pasados unos segundos, empezó a golpear el gran portón con la esperanza de que el dueño de la casa le oyese y saliera a abrirle, pero nadie contestó. A cada minuto que pasaba, la angustia y el miedo de no volver a ver nunca más a su perro, hicieron que el niño fuese golpeando la puerta cada vez con más fuerza. Pasó un buen rato hasta que Raúl consiguió calmarse lo suficiente como para darse cuenta, de que dada la dejadez que había visto en la fachada principal, los dueños de la casa no debían ir por allí muy a menudo. O aún peor, que la casa podía estar abandonada. Ante el terrible pensamiento de haber perdido para siempre a su mascota, el pobre niño se echó a llorar desconsoladamente.
Durante un buen rato estuvo parado sollozando sin decidirse a moverse de allí por si salía Fujür. Recordaba muy bien el día que había encontrado al perro. Lo cierto es que ese día Fujür le había salvado la vida.

Había sido casi a principios de verano y todo había sucedido muy rápido. Iba con los otros chicos por un camino en dirección al pantano, donde tenían pensado pasar la tarde cogiendo ranas, cuando llegaron a un punto de la carretera en el que tenían que cruzar para poder seguir adelante. Era un sitio muy peligroso, porque había una curva que impedía ver si se aproximaba algún coche. A todos los chicos de su pandilla, incluido él mismo, les habían prohibido ir allí a jugar. Como era de esperar, esa prohibición había convertido la caza furtiva de ranas en un plan mucho más interesante que el habitual partido de fútbol en el polideportivo del pueblo.
Justo en el momento en que Raúl se disponía a cruzar, oyó un ladrido detrás suyo y al volverse para ver quien había ladrado se había encontrado con Fujür. Casi a la vez, un hombre montado en bici había salido de la nada por la carretera. Antes de poder pensar la suerte que había tenido al distraerse con el perro y evitar ser arrollado, apareció repentinamente un Seat León negro a toda velocidad, que se llevó por delante al desprevenido ciclista. Fue todo tan rápido que el muchacho apenas tuvo tiempo de parpadear. Como se suponía que no debían estar allí, los otros chavales habían salido huyendo asustados, pero Raúl estaba tan muerto de miedo que se había quedado clavado en el borde de la carretera, mirando fijamente una de las ruedas de la bici que había salido despedida tras el choque…, hasta que notó una lengua rasposa que le lamía la pierna. Desde entonces, Fujür y él habían sido inseparables.

Desalentado, Raúl se dio cuenta de que había anochecido y se dispuso a volver a casa sin su querida mascota. No había dado ni dos pasos cuando se fijó en la enorme higuera, que crecía en la calle al lado del muro donde estaba el portón verde, y se le ocurrió una idea.
Tardó un buen rato en escalar por el tronco del árbol con la esperanza de encaramarse en lo alto del muro. Sin embargo cuando llegó arriba no fue capaz de ver a su peludo amigo. Silbó y llamó al perro, pero este no apareció por ningún lado. Frustrado y todavía lloroso optó por lo único que podía hacer en esa situación: ir en busca de su mascota.
Ni él mismo supo como fue capaz de bajar al otro lado del patio, pero después de muchos esfuerzos y unos cuantos magullones en las rodillas lo consiguió. Una vez dentro, se dio cuenta de que no tenía la menor idea de cómo iba a salir de allí cuando encontrase a Fujür, pero se negó a pensar en eso y volvió a silbar llamando a su perro.
El patio, únicamente iluminado por el débil resplandor de la luna, era como una pequeña selva en miniatura en la que crecían multitud de hierbajos. El ambiente aún era pesado tras las largas y abrasadoras horas de sol, pero poco a poco se iba abriendo paso ese sabor dulce tan propio de las noches de verano. Raúl sentía que había entrado en una de esas películas de terror que sus padres no le dejaban ver, pero que por supuesto había visto. Tratando de no dejarse llevar por la imaginación, empezó a andar lentamente en dirección a la tétrica casa que se alzaba unos metros más adelante.
Los ruidos de la noche cobraban intensidad a cada paso que daba, y pronto estuvo temblando de miedo. Un sonido extraño le hizo detenerse, y completamente inmóvil escuchó con atención sintiendo como el corazón le latía con fuerza. Solo era una cigarra. Aliviado siguió su camino hasta que por fin estuvo frente a la entrada de la casa. Al igual que en la fachada principal, las cuatro ventanas que había en la parte trasera de la misma, dos en la planta baja y dos en la planta superior, también tenían barrotes e incluso una telilla metálica soldada a los mismos. La puerta tenía un candado que parecía tan infranqueable como el que había visto en el portón verde de la calle. ¿Esas medidas de seguridad eran para evitar que alguien entrase o que alguien saliese de la casa?.
De repente, un gemido lo dejó clavado donde estaba. Todas y cada una de las historias que había leído sobre monstruos sedientos de sangre humana se le pasaron en un santiamén por la cabeza, y solo al darse cuenta de que era Fujür quien gemía, fue capaz de salir de su parálisis. Los lamentos del perro venían de dentro de la casa, Raúl se preguntó como habría podido entrar y lo llamó para que saliese. Después de un rato se le hizo evidente que Fujür no tenía la más mínima intención de obedecerle, y cada más vez enfadado y asustado se puso a buscar el lugar por donde habría accedido el perro al interior.
Por fin en una de las esquinas y a ras de suelo, descubrió un ventanuco. Debía de dar a un sótano, y era tan pequeño que en él no cabría una persona adulta, de hecho a duras penas cabría un niño. Tenía el cristal roto y había trozos de vidrio en el suelo. Fujür debía haber entrado por ahí aunque no parecía posible que hubiese sido él quien lo hubiese roto.
Con cuidado se asomó por la pequeña ventana pero estaba todo muy oscuro y no consiguió ver nada. La profunda negrura del agujero combinada con el denso silencio de la noche, parecieron aumentar el rítmico golpeteo de su corazón, que retumbó en sus oídos casi tanto como los truenos de una violenta tormenta de verano. Con un susurro tembloroso volvió a llamar a su perro y una vez más no obtuvo respuesta.
Cada vez más inquieto se removió un poco y sin proponérselo, dejó entrar un pequeño rayo de luna que combatió la negrura del interior de la casa. Ya fuese porque la luna era llena, o porque llevaba tanto tiempo mirando sin ver nada que su vista se había acostumbrado a la oscuridad, que le pareció distinguir un pequeño relámpago blanco. La sangre se le heló en las venas cuando al relámpago le siguió un suave jadeo. Esto era demasiado para un simple niño, que además llevaba varias semanas sufriendo horribles y sangrientas pesadillas sobre atropellamientos. Antes de ser capaz de mover un solo músculo y salir huyendo muerto de miedo, oyó el alegre ladrido de Fujür.
Mientras su corazón recuperaba un ritmo normal de funcionamiento, se dio cuenta que el relámpago en movimiento que había visto, no era otra cosa que el rabo inquieto de su perro. Con un suspiro de alivio, se concentró en convencer a su mascota para que saliese por donde había entrado, pero a pesar que le prometió todo tipo de deliciosos bocados, no hubo manera de hacer que el perro entrase en razón. Durante largo rato ambos se miraron fijamente, como entablando un silencioso duelo de voluntades al más puro estilo de un spaghetti western. Por fin aburrido, Fujür lanzó un último ladrido y se dio la vuelta dejando que la oscuridad lo engullese. Con un gemido de frustración, el niño asumió lo inevitable: tendría que entrar a buscar al maldito chucho.
A estas alturas ya distinguía bastante bien los contornos del pequeño sótano al que estaba asomado y le pareció ver una gran superficie plana, probablemente una mesa, justo debajo de la ventana. Como el ventanuco estaba bastante alto del lado de dentro de la casa, fue una suerte que dicha superficie estuviese ahí y pudiese utilizarla como apoyo para descender.
Antes de meterse por el pequeño hueco, usó un palo para quitar del marco de la ventana los restos de cristales que quedaban, y por fin se aventuró dentro. Era un agujero muy estrecho y durante unos angustiosos minutos temió quedarse atrapado allí para siempre. El pánico le hizo moverse frenéticamente, reptando como una culebra hasta que consiguió salir para quedarse colgado del lado de dentro de la ventana. Estuvo allí quieto, intentando sin éxito tocar la mesa con los pies y sin saber como de lejos de ella estaba. Poco a poco fue sintiendo que se le agotaban las fuerzas de los brazos, y cuando ya no aguantaba más se soltó con una punzada de pánico.
Afortunadamente, no estaba a más de un palmo de la mesa y aterrizó con suavidad sobre ella. Ya en el suelo jadeando debido al esfuerzo, se dio cuenta de que estaba sangrando. Se había hecho varios cortes en brazos y piernas, probablemente con alguno de los bordes irregulares que no había sido capaz de limpiar en la ventana rota. Haciendo caso omiso a las heridas se aventuró por la puerta por la que había desaparecido Fujür.
En el interior de la casa olía muy raro, mitad a moho, mitad como a algo que se estuviese pudriendo. Raúl ahogó una arcada y se puso la mano en la nariz haciendo inspiraciones cortas para tratar de oler lo menos posible. A tientas subió las escaleras que había tras la puerta, atento a cualquier posible sonido. No creía que hubiese nadie en la casa pero había algo raro en ese sitio, algo que le ponía los pelos de punta.
Con un susurro llamó a su perro pero parecía que hubiese desaparecido de la faz de la tierra. Durante medio minuto estuvo considerando la posibilidad de volverse y dejar allí a Fujür, pero entonces recordó al hombre de la bicicleta. Había sido el tema favorito de conversación de la gente del pueblo durante las últimas semanas. El desafortunado ciclista estaba en coma en el Hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres. Probablemente él habría ocupado la cama contigua a la de ese pobre hombre, o lo que es peor, un pequeño nicho en el cementerio del pueblo si no hubiese sido por el perro. No podía dejarlo allí abandonado. Además necesitaba encontrar algo que poner encima de la mesa para poder alcanzar el ventanuco del sótano y salir de allí. Ya pensaría luego como escalar el muro del patio sin una higuera como la que había usado para entrar. Respiró profundamente para darse valor, y terminó de subir los últimos escalones.
Allí arriba estaba si cabe más oscuro que en el sótano. Necesitaba encontrar un interruptor para ver algo. Fue tanteando la pared en busca de alguna llave para la luz y se dio cuenta de que estaba en una especie de descansillo. Tenía una puerta a su izquierda y otra a su derecha, y lo que parecía un largo pasillo que se extendía enfrente suyo. Al lado de una de las puertas encontró un interruptor, pero no funcionaba. Probó con el que había al lado de la otra puerta y no tuvo mejor suerte. Fastidiado, comprendió que lo más posible era que los dueños de la casa hubiesen cortado la electricidad. Seguramente habría una caja de fusibles o algo parecido en el sótano del que venía, pero además de que no tenía la menor idea de qué hacer con ella no quería volver a bajar allí si no era para abandonar ese tétrico sitio.
Lo que daría por tener una buena linterna o… ¡un mechero!. Animado se preguntó como podía haber sido tan estúpido y olvidar el que llevaba para prender la mecha de los petardos. Lo sacó del bolsillo de sus bermudas y lo encendió. La pequeña llama iluminó el descansillo deslumbrándole. Durante medio segundo parpadeó para acostumbrarse a la luz, y por fin miró a su alrededor.
No se había equivocado, las puertas que tenía a derecha e izquierda daban a sendas habitaciones, aunque la luz del mechero no daba para ver lo que había en ellas. Sin embargo, antes de tener que apagarlo para evitar quemarse los dedos vio un aparador de madera en el pasillo. Sobre este había lo que parecía el pequeño pomo dorado de alguna puerta, con una gastada vela dentro. Encantado por su buena estrella Raúl se dirigió hacía allí con las manos extendidas para no chocarse con nada. No había hecho nada más que encender la vela cuando oyó algo que hizo que estuviese apunto de dejarla caer. Sin apenas poder creérselo, se dio cuenta de que estaba oyendo lo que parecía el débil llanto de un niño. Era un sonido desgarrador, parecía que el pequeño lloraba sin la esperanza de que alguien acudiese a atender su llamada. Paralizado, escuchó otra vez con mucha atención. El sonido venía apagado y como de muy lejos, pero estaba seguro de que provenía de dentro de la casa y no de la calle. De pronto los lloros cesaron, y todo volvió a sumirse en el más espantoso de los silencios.
Aterrorizado, Raúl permaneció donde estaba durante mucho tiempo sin ser capaz de hacer que sus pies le obedeciesen y salieran corriendo. Por fin pasado un rato, pudo moverse, y haciendo acopio de todo el valor que fue capaz de reunir se prometió encontrar a Fujür, y salir de allí lo más rápido posible.
Se dirigió a una de las habitaciones rezando para que el perro estuviese allí, porque a pesar de su promesa, no se veía capaz de subir las escaleras que adivinaba al final del pasillo y de las que parecía provenir el llanto del niño. Notando el corazón a punto de salírsele por la boca y en un intento por distraerse del miedo que sentía, empezó a fijarse en lo que le rodeaba.
La habitación en la que se encontraba estaba profusamente amueblada. Un antiguo sofá, dos cómodos sillones, una bonita mesa de madera, varias sillas antiguas que hacían juego con el tapizado de los sillones..., todo parecía cubierto por una gruesa capa de polvo y olía a rancio, como si hiciese mucho tiempo que allí no entrara el aire fresco. En realidad el desagradable olor que había notado al entrar en el sótano no había desaparecido, sino que más bien parecía que le rodeaba y se intensificaba según avanzaba. Buscando alguna ventana, Raúl examinó las paredes que estaban empapeladas con un amarillento estampado de flores verdes y azules, y entonces se dio cuenta del motivo por el que no se ventilaba esa sala. Alguien había tapado con un muro de ladrillos la pared en la que suponía debía haber habido una ventana. Se acercó y examinó el suelo, las baldosas se perdían por debajo del grueso muro. Por algún motivo, el descubrimiento le hizo pensar que iba a quedarse atrapado en ese tétrico lugar para siempre, y una sensación creciente de asfixia estuvo a punto de provocarle otro ataque de pánico. Cerró los ojos y se obligó a recordar que podría salir por el ventanuco del sótano cuando quisiera. Poco a poco pudo volver a respirar con cierta normalidad.
En el lateral de la habitación descubrió una puerta y cada vez más temeroso se acercó a ella. Al traspasarla, se encontró en lo que en otro tiempo debió haber sido el recibidor de la casa. Allí se podía ver el lugar donde habría estado la puerta principal, aunque ahora solo había un grueso muro de ladrillos, que al igual que en la habitación de al lado cubría por completo la pared. El hecho de que aún estuviesen el antiguo perchero en el que las visitas debían de haber colgado sus abrigos, y el paragüero todavía con algunos paraguas viejos, producía una extraña sensación, una ilusión irreal, como si en algunos sitios de la casa el tiempo se hubiese detenido y en otros hubiese avanzado demasiado deprisa, deteriorándola más rápidamente para compensar. Si Raúl cerraba los ojos, casi podía ver a una mujer acicalándose frente al espejo de la pared momentos antes de salir a la calle. Un escalofrió le recorrió la espalda y frenético se dirigió al punto en el que el recibidor desembocaba en el pasillo del que venía.
Retrocedió varios pasos hasta volver a la puerta de la habitación que acababa de explorar, y esta vez entró en la que había enfrente. Intuía que tampoco en ella encontraría a Fujür, pero había olvidado su miedo dándolo de lado por la imperiosa necesidad de saber.
Se trataba de la cocina. Curiosamente, y a pesar de que estaba tan sucia como el resto de la casa, parecía contar con los artefactos más modernos del mercado, como una placa vitrocerámica, un microondas y una nevera enorme. Raúl lo miró todo con detenimiento, molesto por la sensación de que había algo que no encajaba.
Como ya se había imaginado, la cocina daba al enorme patio por el que había entrado, y su ventana era una de las enrejadas que había visto desde fuera. No tenía cristales sino una especie de plástico duro y transparente. Estaba mirando a través de ella con el ceño fruncido, cuando de repente se dio cuenta de qué era lo que estaba mal. Se quedó muy quieto, asustado, como aquellas noches en las que se había despertado después de haber sufrido su pesadilla habitual de los atropellamientos y no se atrevía a moverse ni siquiera para ir al cuarto de baño. Desde que había entrado en la cocina había estado oyendo algo a lo que estaba acostumbrado, un ruido inofensivo y muy común pero que sin embargo no debería estar sonando en esa cocina abandonada y sin electricidad: el ligero zumbido de la nevera.
Como si se tratase de uno de sus sueños, lentamente levantó la vista hacía el techo de la habitación, donde debería estar la lámpara que él sabía no funcionaba. El alivio que debería haber sentido al ver el casquillo vacío de la bombilla no llegó. Salió de la habitación y observó estupefacto que la bombilla del pasillo también faltaba. Lo mismo que la de la habitación con la pared tapiada. Preocupado volvió a la cocina para terminar de explorarla. El hecho de haber encontrado una explicación lógica al funcionamiento de la nevera a pesar de la aparente falta de luz no lo tranquilizó en lo más mínimo. ¿Porqué se habían molestado en quitar las bombillas pero habían dejado enchufada la nevera?. La casa estaba a todas luces abandonada, pero no lo estaba.
Con expresión pensativa, se acercó a la nevera y la abrió lentamente. No contenía gran cosa, un bote medio vació de mayonesa, medio limón seco y poco más. Una inspección más detallada de la extraña cocina, le llevo a descubrir que en los cajones había todo tipo de cubiertos. Excepto cuchillos. De hecho no había nada para cortar, ni tan siquiera unas míseras tijeras, inquieto palpó la diminuta navajita que tenía en el bolsillo de los pantalones. Una pequeña puerta en un lateral de la habitación daba a una despensa en la que apenas quedaban algunas latas de conservas.
Raúl echó una mirada furtiva por encima de su hombro, no conseguía desprenderse de la sensación de no estar solo en la vieja casa. Intrigado y recordando súbitamente que estaba buscando a Fujür, salió receloso de la cocina y volvió al pasillo, que ya se había convertido en la brújula que le guiaba en su vagar por la casa.
El pasillo era un tanto sombrío, con una larga y gastada alfombra que amortiguaba el sonido de sus pasos. En las paredes había colgados todo tipo de cuadros, algunos muy pequeños, otros relativamente grandes. En ellos había paisajes y también retratos. Delante de estos últimos Raúl procuraba no detenerse mucho, pues desde pequeño le habían asustado ese tipo de cuadros que parecían vigilar y juzgar a quien los miraba.
Por fin pasado el recibidor, alcanzó la tercera puerta y se preparó para lo que la nueva habitación pudiese depararle. Al igual que en la primera y que en el recibidor, había sido levantado un muro que tapaba la ventana. El empapelado de la pared aquí era diferente, y mostraba un intrincado dibujo de rombos que se repetía en forma de greca en tonos marrones y dorados. Algo en ese cuarto transmitía desesperación, como si alguien hubiese pasado momentos muy desgraciados allí.
La habitación sin duda había sido un comedor, pues en el centro y completamente cubierta de polvo había una larga mesa de madera con un amarillento mantel, y dos recargados candelabros con velas gastadas recorridas por largas gotas de cera, que se asemejaban a grandes lagrimas. En torno a ella solamente había dos sillas, como si todas las demás hubiesen sido retiradas a propósito.
En las paredes de la habitación destacaba un único y enorme marco con un cuadro muy oscuro, pintado en tonos marrones y amarillos. Representaba lo que parecía una escena del Apocalipsis, con pequeños demonios alados que portaban espadas. La imagen de uno de ellos degollando a un hombre agonizante se le quedó a Raúl grabada a fuego en la cabeza y a toda prisa abandonó la escalofriante estancia.
Casi temía averiguar lo que le esperaba tras la siguiente puerta, pero parecía que algo morboso le impulsaba a seguir adelante y no era solo el deseo de encontrar a su perro. De alguna manera, sabía que Fujür estaba en la planta de arriba, y aunque no había nada que le asustase más que tener que subir esas escaleras, también sentía una necesidad casi malsana por averiguar los secretos que encerraba la casa.
Esta última puerta estaba cerrada, con mucho cuidado cogió el pomo y lo giró lentamente. Una bocanada del desagradable olor al que casi se había acostumbrado le provocó una arcada que logró controlar a duras penas. Tapándose la nariz con el faldón de la camiseta, abrió completamente la puerta y se encontró en lo que parecía una biblioteca. Las paredes estaban cubiertas de estanterías, algunas muy viejas y otras más nuevas. Todas estaban llenas de libros. En realidad había libros por todas partes, incluso algunos amontonados con amoroso cuidado en el suelo o en el repecho de una pequeña chimenea. Al fondo de la habitación, justo al lado de la ventana que también daba al jardín de la parte trasera, había un cómodo sillón y junto a él una pequeña mesita completamente cubierta de velas. En el suelo, muy cerca del sillón había un calefactor eléctrico. Fascinado, Raúl se acercó a las estanterías y las recorrió lentamente con la mirada.
Pensando en ventilar el ambiente fue a intentar abrir la ventana. Al igual que la de la cocina tampoco tenía un cristal sino esa especie de plástico duro. Se acercó al sillón para rodearlo y esta vez ya no pudo contener las arcadas. Empezó a vomitar con violentos estremecimientos de asco a la vez que intentaba abandonar esa estancia lo más rápido que sus piernas le permitían. Entre el sillón y la pared de la ventana, estaba clavado a la alfombra con el atizador de la chimenea el putrefacto cadáver de una rata.
En algún punto de la casa un antiguo reloj de péndulo tocó los cuartos mientras Raúl continuaba vomitando en el pasillo. Cuando por fin cesaron los espasmos y fue capaz de respirar normalmente, el niño se movió para volver al sótano. Se iría con o sin Fujür.
Entonces lo oyó de nuevo. No había ningún sonido tan desgarrador en el mundo como el débil llanto de bebe que venía de las escaleras. Durante unos minutos Raúl se las quedo mirando indeciso, sin poder olvidar el cadáver y el olor de la rata muerta, pero conmocionado por la posibilidad de que realmente hubiese un niño llorando y abandonado en la planta de arriba. Los minutos pasaron y le pareció oír moverse a Fujür. Sin poder creérselo se vio a si mismo subiendo lentamente los empinados escalones.
En la planta de arriba, al igual que en la de abajo, había un largo pasillo en el que desembocaban varias habitaciones. Aproximadamente en la mitad del mismo, los rayos de la luna se colaban a través de un tragaluz, dibujando pequeños cuadraditos en el suelo. En el centro de este, se balanceaba una cuerda muy larga que formaba gruesas ondas en el suelo, como si de un charco de esparto se tratase.
Como atraído por un imán, Raúl se acercó a investigar. El extremo superior de la cuerda estaba atado al portón del tragaluz, que se abría empujando hacía fuera. Debido a la rejilla que había soldada justo debajo y que impedía sacar la mano por el hueco, la única forma de cerrarlo era tirando de la cuerda.
Todavía estaba cavilando sobre lo blindada que parecía la casa, llena de cerrojos, barrotes y demás, cuando volvió a oír el gimoteo de bebe que le había inducido a subir las escaleras. Ahora se oía con mucha más claridad y parecía provenir de la última puerta que había al fondo del pasillo.
La puerta estaba entreabierta y de ella no salía ninguna luz. Con el corazón en un puño y los ojos muy abiertos, Raúl se acercó lentamente olvidado ya su interés por el resto de las habitaciones. No se oía nada, excepto el débil eco de sus pisadas y el lastimero lloro del bebe. Cuando por fin estuvo delante de la puerta la empujó con firmeza, preparado para salir huyendo ante la menor señal de peligro. Sin embargo ni en sus peores pesadillas hubiese imaginado lo que había dentro.
En medio de la habitación, y acurrucada en una gran cama con las sabanas cubiertas por lo que parecía mucha sangre, estaba una mujer.
Bajo la suave luz de la vela que Raúl aún portaba en la mano, los rasgos de su cara se veían tan pálidos que el niño pensó que estaba muerta. De pronto, como si de algún modo hubiese presentido su presencia, la mujer abrió los ojos de golpe y le miró con la cara desencajada por el terror. Su cuerpo se encogió mientras sus manos se movían débilmente, tratando de proteger a la delicada criatura que tenía sobre su pecho.
Se trataba de un bebe diminuto. Raúl nunca había visto un niño tan pequeño. Estaba muy sucio, cubierto de sangre y de algo viscoso. Aunque no sabía nada sobre bebes, supo que no podía hacer mucho tiempo que había nacido.
Durante un minuto el niño apenas si fue capaz de moverse. Con el rabillo del ojo captó un ligero movimiento, y se encontró con la mirada triste de Fujür que parecía montar guardia a los pies de la cama.
Aquello era demasiado surrealista para ser verdad, y Raúl parpadeó perplejo. Su primer impulso fue acercarse a la cama pero no sabía que decir y la mujer parecía necesitar la ayuda de un médico inmediatamente. Tenía que decírselo a alguien mayor. La imagen de la abuela Julia se le pasó por la cabeza.
Antes de abandonar el dormitorio echó un último vistazo a su perro y por fin se dio la vuelta y salió. No había recorrido ni la mitad del pasillo, cuando se dio cuenta de que no podría salir de la casa sin una silla o algo que apoyar en la mesa del sótano.
En una de las habitaciones de la planta superior que parecía un trastero, encontró una especie de taburete portátil. Una de esas sillitas que se llevan al campo y que son solo un par de patas metálicas cruzadas con un trozo de tela entre ellas para sentarse. Raúl pensó que serviría perfectamente para sus propósitos.
Al mirar hacía atrás antes de bajar las escaleras volvió a ver la cuerda del tragaluz, y se le ocurrió una idea. Iba a necesitarla para escalar el muro de la entrada. Con un brillo decidido en su mirada, puso la silla debajo del tragaluz y se subió en ella. Usando la navajita que llevaba en el bolsillo, cortó la cuerda lo más alto que pudo y se la enrolló alrededor de la cintura. Volvió a cargar con la silla y se dispuso a desandar el camino hasta el sótano del casa.
Una vez allí, ató un extremo de la cuerda a una de las patas de la silla y el otro alrededor de su muñeca, y usó la silla para llegar hasta la pequeña ventana. Con mucho esfuerzo, muchos resoplidos y abriéndose nuevos cortes en brazos y piernas, fue capaz de salir al patio de nuevo. Una vez arriba tiró de la cuerda hasta izar la silla y volvió a cargar con ella. Afortunadamente cabía por el hueco del ventanuco.
En el selvático jardín todo seguía igual de silencioso. La cigarra que le había asustado al llegar, continuaba su cantó impertérrita ante lo que Raúl había descubierto en el interior de la propiedad. El niño seguía viendo la expresión aterrorizada de la mujer, y no podía dejar de preguntarse quien era ella y qué hacía allí arriba sola, a todas luces encerrada en esa casa, y con un recién nacido entre los brazos. Sacudió la cabeza y se concentró en lo que tenía que hacer para salir de esa especie de pesadilla.
Rápidamente, sintiendo que se le agotaba el tiempo, cruzó el pequeño huerto. Cuando llegó al gran portón miró con expresión dubitativa las amplias ramas de la higuera que había usado para entrar. No estaba muy seguro de que la idea que había tenido funcionase, pero no se le ocurría nada mejor.
Sin muchas esperanzas, lanzó la silla que aún tenía la cuerda atada a una de sus patas, tratando alcanzar con ella una de las ramas del árbol. Por desgracia no la había tirado con suficiente fuerza, y la silla cayó con gran estrépito en el suelo. Probó una y otra vez hasta que notó que se quedaba sin fuerzas en los brazos. Jadeando y casi sin aliento, miró con desesperación las ramas que cada vez parecían estar más lejos de su alcance.
Frustrado, lanzó la silla una última vez, y casi sin poder creerlo observó como superaba la rama más gruesa, y caía otra vez dentro del patio. Chilló con alegría y procedió a atar con un nudo corredizo el extremo de la cuerda de su muñeca al de la silla. Lentamente fue tirando de este, hasta que la silla estuvo firmemente atada alrededor de la rama. Necesitaba que la cuerda aguantase su peso, porque si se caía lo más seguro es que se rompiese algo.
Apoyando los pies en el muro, escaló este agarrándose a la cuerda hasta que logró llegar a lo más alto. Al igual que había hecho para subir, utilizó el tronco de la higuera para bajar y pronto estuvo al otro lado, en la calle.
Sin perder ni un segundo salió corriendo hacía casa de su abuela.




Epílogo


“Mujer sordomuda y su bebe encontrados secuestrados en una vieja casa.
El país entero ha quedado conmocionado al enterarse de un nuevo caso de malos tratos. Ayer noche, un niño de diez años encontró en una vieja casa, a una mujer que acababa de dar a luz a un bebe, y que llevaba dos años allí encerrada por su marido. Al parecer la mujer, natural de un pueblo de Toledo, estaba a punto de abandonar a su cónyuge debido a las palizas que este solía propinarle, cuando fue secuestrada y encerrada por él en una vieja casa de una localidad extremeña.
La familia de la victima, convencida de que el marido había tenido algo que ver con la desaparición de Rosa (así se llama la víctima) había puesto varias denuncias en comisaría, pero debido a la falta de pruebas y de pistas el caso hacía un año que había sido abandonado.
Durante el cautiverio, Rosa vivió un infierno de malos tratos y violaciones que terminó cuando el marido fue atropellado mientras paseaba en bicicleta por uno de los caminos rurales de los alrededores.
Como nadie sabía de su existencia, y debido a las medidas de seguridad instaladas en la casa para evitar una posible fuga, Rosa malvivió de la poca comida que aún le quedaba tras la última visita de su captor y estuvo a punto de morir desangrada en el parto.
Ahora, tanto la niña como la madre evolucionan favorablemente en el Hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres, donde curiosamente también se encuentra ingresado el marido, en coma profundo desde el accidente.”

Agosto de 2005. El liberal (Sucesos)

viernes, mayo 30, 2008

Ejercicios narrativos III

El escorpión bicéfalo olvidó por un momento su ansia de insectos y se rascó el caparazón izquierdo (justo por encima de uno de sus cinco ocelos) tratando de poner en orden sus caóticos pensamientos.

(Bicéfalo Izquierdo o Cástor): No lo entiendo...te juro que no lo entiendo...

A lo que su lado simétrico derecho contestó:

(Bicéfalo Derecho o Pólux): Eso te pasa por intentar entenderlo...

(Bicéfalo Izquierdo o Cástor): Pues tienes razón. Vámonos a cazar que me muero de hambre.

Como siempre le pasaba, Cástor tiró para un lado mientras que Pólux tiraba para el otro. Toda una vida juntos y todavía tenían problemas de sincronización..., motivo por el cual ambos dos se pasaban la mayor parte del tiempo en un estado famélico.

Cástor trató de poner una expresión ofendida con la que expresar su disgusto, pero bicéfalo y todo solo era un escorpión (y macho además), y como tal, su pobre cerebro de artrópodo unicamente daba para mantener una idea a la vez en su mitad de mente correspondiente. Además, aparte del hambre, a la que por otra parte ya estaba acostumbrado, solo había una cosa que le preocupase en ese momento.

(Cástor): ¿Quien ha dicho que los hombres son los seres más avanzados de la naturaleza?.

Pólux que por ser el Bicefalo Derecho solía ser el más práctico de los dos contestó escuetamente:

(Pólux): El hombre controla el fuego. El fuego mata. El hombre es Dios.

(Castor): Bah...eso es solo una leyenda. ¿Conoces a algún Bicéfalo que se haya encontrado con un hombre controlador del fuego?.

(Pólux, movió impaciente el quelícero del lado derecho): Eso es porqué todos los que se han encontrado con un hombre controlador de fuego están muertos. Ya sabes lo que dicen: Bicéfalo que se encuentra con un humano hacedor de fuego es Bicefalo muerto..., bueno o algo así.

(Cástor): ...es cierto, ¡¡tienes razón!!. Puede que entonces este humano en concreto - y al decir eso señaló al par de pies que ambos podían ver desde su posición actual - sea la excepción que confirma la regla.

(Pólux): Puede ser..., ¿crees que podremos ir a cazar algún insecto hoy con el que saciar nuestro hambre?.

(Cástor que ignora a su mitad): ¿Como te explicas si no que, el muy idiota, esté perdiendo de esa manera el tiempo que le ha sido dado?.

(Pólux, al borde de cometer un bicefalicidio): Para los humanos el tiempo no se mide igual que para los escorpiones bicéfalos. Ellos viven mucho más. De verdad Cástor, a veces me pregunto si quedó alguna neurona para rellenar tu lado cuando se produjo nuestra fecundación.

(Cástor en lo más mínimo ofendido por el comentario de su otro lado): ¿Quieres decir que los humanos disponen de todo el tiempo del mundo?. ¿Sin accidentes?. ¿Sin fuego?.

No me lo creo.

miércoles, abril 16, 2008

Ejercicios narrativos II

Se despertó sudoroso, con el corazón palpitando a punto de salírsele del pecho. Tenía un nudo de puro terror en el estómago pero no sabía muy bien porqué. Se encontraba desubicado y le llevó un rato darse cuenta de que estaba en su propia cama, a salvo, en la seguridad de su dormitorio.

Respiró profundamente tratando de calmarse, ¿que había soñado como para despertarse tan asustado?.
Era gracioso, porqué recordaba muy bien el principio del sueño. Sonrió tontamente para sí mismo. Se había quedado dormido teniendo una fantasía sexual con ella, disfrutando de sus besos ficticios, de su pasión imaginaria...; Pero ¿qué había pasado entre medias para haberse despertado así de alterado?.
De pronto partes de la pesadilla le golpearon con una claridad abrumadora, y en la oscuridad irreal de la noche le parecieron terriblemente certeras.

Él no tenía corazón.
En su lugar solo había una piedra.
Una piedra fría e insensible.
Una piedra que no sufría nunca pero que nunca sentía calor tampoco.

En algún momento del sueño, su cuerpo había muerto y él, su espíritu o su alma o lo que fuese, había quedado, de alguna manera, atrapado consigo mismo dentro del ataúd en el que le enterraban. Mirándose desde arriba. Contemplando como poco a poco su carne se desintegraba, y desaparecía, convirtiéndose en polvo.

Era escalofriante, pero durante esa transición lo había visto.
En el lugar donde debería haber estado su corazón había una fea piedra gris, angulosa, y llena de aristas. Y entonces lo supo. Había querido protegerlo tanto, que donde debería haber habido tejidos, sangre, calor..., solo había dureza.
Su corazón había mutado, hasta tomar la apariencia del muro con el que lo había rodeado. Qué irónico.

Y cuando incrédulo, él o su espíritu o su alma o lo que fuese, había extendido la mano, para tocarlo, había tenido que retirarla rápidamente porque tocarlo hería. De tan helado como estaba, hería.

Y en la soledad de su dormitorio, al recordar la pesadilla, volvía la respiración acelerada. Sabía que por la mañana, el miedo que sentía en ese instante, habría desaparecido. Que podría reírse de lo absurdo de las imágenes que su subconsciente había creado aleatóriamente, pero ahora, en ese preciso momento, necesitaba que le abrazasen.

Un abrazo.
Y hacer el amor de manera salvaje, para sentirse vivo y cálido, para sacarse de dentro el frío y la soledad: el sabor amargo que le había dejado esa pesadilla.

viernes, marzo 28, 2008

Ejercicios narrativos I

Él estaba sentado casi enfrente suyo y simplemente no podía dejar de mirarle.

En realidad, solo estaba intentando entender como había pasado. Le observaba con expresión concentrada, el entrecejo ligeramente fruncido, tratando de averiguar porqué ahora él para ella era tan diferente. Tan especial. Era fascinante y molesto el no saber porqué. Ahora si y antes no, ¿que sentido tenía eso?.
¿Que había cambiado?.
En apariencia nada.

Al principio le había lanzado miradas furtivas, temerosa de ser muy obvia, disimulando. Pero ya hacía un rato que había dejado de fingir indiferencia. Total ¿para qué?. Él ya sabía lo que sentía, y ademas era de locos. En poco tiempo no tendría la oportunidad de mirarle. No merecía la pena andarse con bobadas.
Y además estaba esa cuestión que la intrigaba.

En un momento dado, él apartó su atención de lo que estaba haciendo y la miró enarcando una ceja en parte con exasperación ante su escrutinio, a la vez que sonreía divertido.

Y en ese instante fue como si de repente alguien se hubiese llevado todo el aire de la habitación.
Como si hubiesen congelado el tiempo.
Los milisegundos ralentizados en segundos.

Se sintió débil. Ni siquiera se veía capaz de devolverle la sonrisa. Cualquier sonrisa. Una irónica, socarrona, divertida...¡algo!.
Esa sonrisa suya (de él) que era cómplice y a la vez irritante por sabihonda.
Esa sonrisa maravillosa que le iluminaba la mirada.
Era desesperante. Sin ninguna lógica ni sentido.

Y era como para echarse a llorar, porqué lo único que podía hacer era mirarle si acaso inquisitívamente. Mirarle sin más. Tragar saliva y esperar (temer/desear) a que volviesen a descongelar los segundos. A que el latido que había comenzado hacía una eternidad cumpliese su ciclo, y el corazón volviese a bombear sangre de nuevo.

Era raro.

Y lo que durante un segundo había parecido lento. Casi eterno. De pronto, igual que había empezado, recobraba su previsible ritmo cotidiano.

Sin motivo para ese cambio de percepción. Sin respuestas.

miércoles, diciembre 19, 2007

Descripciones: Individuo 6

Estaba sentada en el autobús cuando de repente el movimiento de una mano llamó su atención, pertenecía a un individuo un par de asientos delante suyo, y era de una blancura casi transparente, tanto que en ella se veía difuminado el color azulado de las venas. Indudablemente era la mano de una persona mayor. Lo era no tanto por tener una piel arrugada como por la fragilidad que exudaba y que solo la edad, o muy avanzada o aún en la infancia, son capaces de provocar.

Con curiosidad levantó la cabeza para observar a quien pertenecía dicho apéndice corporal y se encontró con una imagen sorprendente: la de media melena de pelo liso y muy blanco que escapaba de debajo de un sombrero. Era un sombrero negro, bastante pasado de moda o mejor dicho, que debería haber estado pasado de moda sino fuese porque las tendencias de la Moda actual se empeñan en adoptar prendas antiguas y usarlas como complemento para las nuevas creaciones. El sombrero, tenía una cinta gruesa de color negro que se cerraba formando un simpático lacito y rodeaba la copa del mismo. Era uno de esos sombreros de hombre, al estilo de los gansters, y que debido a la incorregible moda de la que hablaba antes, ahora eran de exclusivo uso femenino..evidentemente o nadie se lo había explicado al señor sentado delante o es que no le importaba en absoluto la moda.
El hombre también llevaba una trenca de color crema que chocaba enormemente con el color oscuro del sombrero

La curiosidad la estaba matando y se moría por ver el rostro del señor de piel pálida y pelo blanco, pero sabía que le sería imposible porque la siguiente era su parada, y el individuo no parecía dispuesto a moverse para mostrar su cara. De repente, unos minutos antes de que ella se levantase para tocar el timbre, notó cierto movimiento en el asiento que ocupaba su presa y aguantó la respiración con la esperanza de que, la siguiente, fuese también la parada de su individuo. Lo era, y cuando el hombre se giró para avanzar hacía la puerta trasera, observó que además del sombrero también era poseedor de una abundante barba del mismo blanco inmaculado que su pelo, y que llevaba unas gafas de cristales enormes que agrandaban, como si de un personaje de comic se tratase, sus inteligentes ojos negros.

No se sintió defraudada en absoluto, ese rostro con esas gafas era justo el que uno esperaba encontrar en un hombre que desafiaba los convencionalismos impuestos a su edad, y llevaba el pelo largo como si de un hippie se tratase y un sombrero propio de un museo o de una modelo anoréxica de la pasarela Cibeles.

miércoles, diciembre 12, 2007

Diario de un examen cualquiera

Siete y media de la mañana
El estridente sonido del despertador hizo que pegase un bote en la cama y por unas décimas de segundo me sentí por completo desorientada, luego, como siempre pasa cuando escucho ese maullido de gato que parece la alarma de mi despertador, la angustia por apagarlo antes de despertar a mis padres dominó mis pensamientos y mis actos, y como siempre, el caos que esto originó, hizo que estuviese a punto de sufrir un ataque de nervios. Al palpar en la mesilla de noche para encontrarlo, mi mano tropezó con el vaso de agua que había colocado en uno de los múltiples paseos que me había dado esa noche, y lo barrió de encima de la mesa. El poco agua que aún quedaba dentro, me salpicó en la cara y deje escapar un gemido de frustración a la vez que oía la voz de mi padre en la habitación contigua diciendo :¿quieres apagar eso de una vez?. Por fin encontré la lámpara, la encendí y mirando con rencor la pequeña sirena de mi mesa, que aún seguía sonando, lo apagué de un manotazo. Silencio, ¡por fin!, lentamente me recosté contra la almohada y miré mi cara reflejada en el espejo del armario. Tenía un aspecto horrible, con unas ojeras muy marcadas debajo de los ojos y el pelo todo revuelto, aun peor, me sentía tan mal como me veía. En realidad suelo sentirme así de mal cuando estoy en época de exámenes aunque es verdad que el peor siempre es el primero y mi primero de este septiembre estaba programado para el día siguiente a las nueve de la mañana. “Fundamentos y Estructura de los Modelos Operativos de Desarrollo y Probabilidad” o FEMODP, esa era la pesadilla de la que tenía que examinarme y el nombre solo daba una ligera idea de lo retorcidamente aburrida que era. Además y como siempre pasaba con el primer examen (y muchas veces también con los siguientes) aún no había empezado a estudiar. Bueno, empezar, empezar si había empezado, pero esa es otra historia porque el primer día que empiezas con una asignatura no adelantas nada de nada. Si, si, así como lo escribo. Tu coges el primer taco de apuntes y le dedicas toda tu atención, intentando entender la letra de la única persona que conoces que ha asistido clase y te los ha dejado fotocopiar pero por desgracia lo único que sacas en claro es el firme propósito de no volver a tocar una baraja de cartas en la vida, sobra decir que este es uno de esos propósitos de principio de curso que se olvidan tan pronto como empiezan las clases. La otra cosa que también sacas en claro el primer día de estudio, es un planning u horario perfecto, gracias al cual vas a salvar tu vida y aprobar el examen. En fin, en mi horario ponía que tenía que levantarme a las 7.30 y que tenía media hora para desayunar, recoger la habitación, vestirme y empezar a estudiar, y este es, en definitiva, el motivo por el que un domingo por la mañana yo había puesto mi despertador y ya estaba despierta, bueno más o menos. Intenté ser optimista, aunque debo confesar que resultaba tremendamente difícil, porque eran la 7.30 de la mañana y tenía el pijama mojado por el agua, pero en fin, si seguía a pies juntillas mi planning tenía tiempo de sobra para estudiármelo todo... bueno, quizás no de sobra, pensar eso sería casi como creer en los Reyes Magos, pero había tiempo. El punto fuerte de mi tabla salvavidas era aprovechar al máximo la mañana, ya que las tardes entre la siesta y demás nunca me cunden nada y ya las doy directamente por perdidas. Bostecé e intenté levantarme para desayunar, pero los ojos se me cerraban de sueño, lo que me llevó a preguntarme si así iba a poder aprovechar algo la mañana y la respuesta me llegó, a pesar de la lentitud con que funcionaba mi cabeza por lo temprano de la hora, rápida como un rayo : No, por supuesto que no. Y entonces me acordé de las sabias palabras de mi madre cuando tenía unos diez años :”Hija si no te acuestas pronto y descansas no vas a rendir mañana en clase”. Lo medité un rato, sopesé los pros y los contras y decidí que lo mejor era levantarme un poquito más tarde para estar más descansada, y prescindir de la siesta. Así al estar más fresca aprovecharía más el tiempo. Apague la luz y me di la vuelta.

Doce y media : el sol ya está alto.
Desperté con la incomoda sensación de tener una mosca zumbándome alrededor de la oreja y efectivamente no andaba yo muy equivocada, la mosca en cuestión era mi madre y el zumbido lo producían sus poderoso pulmones. Gritaba algo sobre poner el despertador solo para fastidiarla a ella y a mi padre y también algo sobre lo tarde que era para seguir acostada. Como aún andaba algo dormida estoy segura de que fue mi instinto de supervivencia y no mi astucia lo que hizo que me abstuviese de explicarle a mi madre que estaba siguiendo el sabio consejo que ella misma me había dado años atrás y decidí seguirle la corriente y levantarme.

Una media hora después, con la cara lavada y un café muy, muy cargado en el estomago, la angustia se apodero de mi...¡como podía haber dormido tanto!, la idea era levantarme un poco más tarde, no a la hora de comer. Mi planning hacía aguas por todas partes, en realidad ya estaba completamente hundido en lo más profundo del océano Pacífico. Desesperada me encerré en mi habitación, cogí el horario y lo miré y remiré intentando salvar algo. Diez minutos más tarde comprendí que se trataba de un imposible, era como cruzar el Atlántico a nado y con una mano atada a la espalda.
En momentos como este siempre oigo una vocecita interior que me anima a no rendirme y a perseverar, que trata de levantarme la moral para que no desespere, misteriosamente esa mañana no oía nada de nada, así que resueltamente cogí el grueso fajo de apuntes, (en realidad no había querido llegar a esto, pero ya no había más remedio)y resignada me puse manos a la obra. Alrededor de media hora después, había eliminado los temas de FEMODP que consideraba prescindibles, e incluso me había convencido de que en realidad eran temas innecesarios, paja, que siempre dan los profesores para rellenar temario. El grueso fajo de apuntes se había quedado solo en fajo y yo respiraba mucho más tranquila. Volvía a tener tiempo de sobra para estudiar y aprobar...bueno, no de sobra, pero si suficiente.

Animada miré el reloj, casi era la hora de comer e inmediatamente después del almuerzo yo tenía que empezar con mi nuevo plan de estudios, estaba a punto de colocar mi mesa para dejar todos mis apuntes listos cuando noté un pequeño temblor en el párpado de mi ojo izquierdo, era el maldito tic que siempre me sale cuando estoy muy tensa y entonces recordé que una profesora que tenía de ingles, siempre nos recomendaba hacer algunos ejercicios de relajación antes de empezar a estudiar, según decía convenía dejar la mente en blanco durante unos minutos para rendir mejor. Tal vez si me relajaba conseguiría hacer desaparecer el tic de mi ojo izquierdo, así que me tumbé en la cama, cerré los ojos y comencé a intentar no pensar en nada. Aunque parece fácil es realmente complicado no pensar en nada, porque para hacerlo tienes que pensar en no pensar en nada y entonces...ya estas pensando. Además si ya llevas un rato no pensando te empiezas a aburrir e invariablemente acabas pensando en algo, y cuando te das cuenta de que estas pensando intentas parar y entras en un estresante círculo que irremediablemente te produce dolor de cabeza. Por suerte mi madre me llamó pronto para comer y aunque ahora tenía una terrible jaqueca el molesto tic había desaparecido...más o menos.


Tres y media: Una vez terminada la comida...¡a estudiar!

Aunque ese día me tocaba recoger a mi la cocina, mi hermano me vio tan agobiada que se ofreció para hacerlo él y que así yo me pudiese poner a estudiar. Le juré agradecimiento eterno y me encerré en mi cuarto con un enorme tazón de café bien cargado para combatir la somnolencia propia de esas horas. Aún no había terminado de sentarme en la silla cuando contemplé horrorizada como mi mano derecha se estiraba, cobrando vida propia y encendía la tele de mi habitación sin que yo pudiese hacer nada para detenerla. Antes de tener tiempo para explicarme ese extraño fenómeno, recordé una lección de Ciencias Naturales que me habían dado en el colegio hacía ya una eternidad. Por lo visto después de realizar una comida, una gran cantidad de sangre se dirige al estomago para que este pueda digerir bien los alimentos y deja no tan abastecidos como debiera el resto de los órganos, órganos como mi cerebro que después de cómo me había atiborrado ese mediodía debía estar funcionando con servicios mínimos, algo así como la RENFE cuando hay huelga. La conclusión de todo esto era obvia: no podía estudiar ahora, si ponía mi mente a trabajar al 100% de su capacidad corría el riesgo de sufrir un corte digestivo y hay gente que muere de eso, ¿qué podía hacer si tanto mi mano como mi estomago conspiraban para hacer la digestión?. Decidí que una hora era más que suficiente para que mi estomago se encargase de lo principal y me sumergí en el delicioso atontamiento que produce perderse en la película de la semana. Dos horas y media después y con los ojos algo enrojecidos por el emotivo final de la peli (los protagonistas terminaban juntos) fui capaz de dominar mi mano el tiempo suficiente para apagar la tele y desenchufarla por si acaso y por fin empecé a estudiar. ¡FEMODP, allá voy!.

Es increíble lo lento que pasa el tiempo cuando estudias un truño, lo creativo que te vuelves, la cantidad de sueño que te puede entrar, el número de veces que tienes que ir al cuarto de baño o a la cocina a beber agua y luego otra vez al cuarto de baño o a la cocina para comer algo, porque es en esos momentos cuando tu cerebro te pide insistentemente algo de azúcar o del pollo que ha sobrado, o una manzana...y tu por supuesto no puedes negarle nada, sientes que tienes que mimarle, al fin y al cabo está comiéndose el marrón de FEMODP, aunque prefieres no pensar en el estricto régimen que no te va a quedar mas remedio que seguir en octubre. Es también en estos días el mejor momento para dedicarte a ese videojuego que no terminaste en junio o ese libro que aparcaste en febrero. Y así lentamente pasa la tarde y cuando te quieres dar cuenta sólo te has estudiado la primera hoja de apuntes, y es entonces cuando vuelve la angustia, se te hace un nudo en el estomago y sientes ganas de vomitar, ¿cómo ha podido volver a pasarte? te preguntas, y como es natural no encuentras ninguna respuesta, tal vez porque no puedes apartar la vista del reloj despertador de tu mesa de estudio que como por arte de magia apunta a las ... nueve y media.


Houston, Houston...¡We have a problem!
Resignada me puse manos a la obra, no había querido llegar a esto pero, en fin, situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas y ni Arafat podía estar tan desesperado como me sentía yo ahora. Revisé por quincuagésima vez mis apuntes, me concentré en encontrar todas las fórmulas y teoremas más o menos importantes que había en ellos, y metódicamente los subrayé con el fluorescente amarillo.

En realidad esta era la parte fácil de la operación que me traía entre manos, y no me llevó mucho tiempo, una vez terminada vendría la parte complicada y laboriosa del asunto. Por fin, cogí el boli Bic que pensaba utilizar en el examen y con la punta afilada de un compás, lo rallé cuidadosamente con las fórmulas que más se repetían en mis apuntes. Unas horas más tarde, miraba con ojo crítico el resultado de mi trabajo y sonreía satisfecha, no me había salido una obra de arte...pero casi. Después de la tensión que siempre produce en los músculos el trabajo artesanal fino, me levanté para estirar piernas y brazos, y fui a la cocina para comer algo. La chuleta del boli, si bien es la mas vistosa, no es en realidad la más útil, así que cogí algunas hojas de examen y procuré escribir el menor número de teoremas en cada una de ellas utilizando la peor letra que pude, e intentando que quedase lo más desordenado posible. Cuando acabé tenía unas estupendas hojas de sucio. También preparé varias hojas de exámenes más, para posibles cambiazos y bostecé muerta de sueño, eran las tres y media de la mañana y con un poco de suerte podría dormir unas tres horas antes de tener que levantarme para ir al examen. Me puse el pijama, me metí en la cama y después de poner el despertador y comprobar unas diez veces que estaba bien, apagué la luz.


Siete de la mañana: Y lo que tenía que llegar... llega.
Cuando sonó el despertador ya estaba despierta, pero ya se sabe que la noche antes de un examen nunca se pega ojo, te la pasas intentando sumar dos mas dos o resolviendo la integral cuádruple de la raíz cúbica de un seno hiperbólico multiplicado por una ecuación diferencial sin solución. Casi sin abrir los ojos me metí en la ducha, me saqué de la ducha, me tomé primero una tila y después un café bien cargado (nunca se si decidirme por la tila para los nervios o por el café para el sueño), me vestí, cogí los apuntes, las chuletas, mi colgante de la suerte y una estampita de Santa Rita patrona de los imposibles, que mi madre siempre se empeña en que me lleve.

No se como explicar lo que una siente cuando se acerca la hora del examen, esa mezcla de pánico con histeria tan particular que solo conocen los que han tenido que examinarse de algo, alguna vez en su vida. Todo parece conspirar para que notes la tensión multiplicada por cien, el bullicio de la cafetería donde los compañeros hacen los últimos repasos, las listas donde ponen la clase en la que te toca examinarte y que nunca están en el sitio en que esperas que estén, las veinte veces que tienes que ir al cuarto de baño por culpa de la tila y el café... en fin todas esa pequeñas cosas.
Lo primero que hice al llegar a mi clase fue elegir el sitio donde quería sentarme, esto que parece una tontería es esencial para realizar un buen examen, y no solo para que no te pillen usando las chuletas que tan primorosamente has preparado, sino porque también hay que saber rodearse de esos pocos compañeros solidarios que aún quedan y que siempre te echan una mano en momentos de necesidad. Una vez localizado el sitio ideal, me dediqué a preparar mis chuletas para tenerlas a mano y escribí las últimas fórmulas en la mesa. Cuando por fin todo estuvo listo, fui por última vez al cuarto de baño y elevé una pequeña oración para que no me cambiasen de sitio. Quince minutos después de las nueve, llegó el profesor con los exámenes en un sobre y una irritante sonrisa en la cara.
Sentí que un escalofrío me subía por la espina dorsal, algo parecido al temblor que suele recorrerme cuando Microsoft anuncia la salida de un nuevo Windows. Cerré los ojos y me encomendé por última vez a Santa Rita. Cuando al fin los abrí, el chico que estaba sentado delante mío, me pasó un fajo de exámenes y después de respirar hondo me concentré en el enunciado del primer problema. Horrorizada vi como las letras, que se suponía debían formar palabras que a su vez formarían frases, no formaban nada de nada y sentí que me mareaba por el pánico. Angustiada solté la hoja como si quemase, y eché un vistazo a mi alrededor, nadie parecía haber notado nada extraño así que lo volví a intentar, ”vamos Laura, tranquila” me dije, “vuelve a lo básico, sabes leer y escribir desde que estabas en la E.G.B.,¡tienes que ser capaz de entender EL PUÑETERO ENUNCIADO!”, al decirme a mi misma esta última frase debí de pegar un resoplido un poquillo fuerte porque cuatro caras se volvieron hacía mi, mitad divertidas, mitad irritadas y avergonzada les dirigí una lastimosa mirada de disculpa y me dije en tono irónico : “Muy bien Laura, ahora hablas sola en los exámenes, puede que te echen por soplarte a ti misma”.
Después de cinco minutos estrujando mi boli-chuleta fui capaz de comprender las frases del texto, aunque a decir verdad no tenía ni idea de lo que me estaban pidiendo, cosa nada sorprendente por otra parte, y para la que afortunadamente ya estaba mentalizada. Había decidido seguir la técnica tradicional para rellenar el examen: primero aquellas respuestas que me sabía seguro, calculé que eso me llevaría unos diez minutos. Si así no llegaba al cinco, utilizaría las chuletas para contestar aquellas en las que estaba indecisa. Si con eso tampoco llegaba al cinco, utilizaría las chuletas como buenamente pudiera y si con eso tampoco llegaba al cinco, me encomendaría a Santa Rita y utilizaría la imaginación. Unas dos horas después, sintiéndome como debió sentirse Tolkien al terminar “El señor de los anillos”, di las últimas pinceladas y por fin entregué el examen.

En los minutos posteriores a la entrega de un examen, especialmente en los de uno en el que has tenido que usar mucho la imaginación, es muy habitual sufrir el llamado “Síndrome del pedo psicológico”, durante el que se pueden llegar a encontrar desternillantes incluso los peores chistes del señor Parada. Así que, ahí estaba yo, más eufórica que Bernabeu cuando el Madrid ganó la sexta y completamente convencida de que había suspendido.


Dos semanas después: Lo que no puede ser no puede ser y además es imposible.
Era el día en que salían las notas de FEMODP y estaba un tanto nerviosa aunque en realidad no tenía porqué e incluso me había convencido a mi misma de que no importaba tanto que suspendiese, lo importante era que ya había empezado a estudiar la asignatura pero la Esperanza es un sentimiento absurdo, que no entiende de razones ni de lógicas y que se empeña en aparecer cuando una menos se lo espera para hacer mas dolorosas las caídas, así que como una tonta ansiosa me escurrí entre un mar de codos, esquivando una ola de codazos y empujones, y al fin logré asomar mi cabeza entre la pandilla de descerebrados que se pegaba por ver sus notas, como si el tablón fuese a huir a lares más tranquilos de un momento a otro. Casi sin poder respirar y notando los latidos de mi corazón a cien por hora, busqué mi nombre en ese océano de nombres y sin parpadear leí la nota que estaba al lado. Atónita, meneé la cabeza sin poder creérmelo y leí una vez más convencida de que me había movido y de que en realidad el cinco que había visto correspondía a mi afortunado compañero de la línea de arriba, y otra vez se produjo el milagro: ¡Había aprobado!. Emocionada y aún algo dudosa, le pedí a la cabeza que estaba a mi lado que leyese mi nota para confirmarlo y cuando esta así lo hizo, me escabullí dando saltos de alegría.

El resto de la mañana se me pasó envuelta en una nube de felicidad. Cuando por fin llegué a casa, me dirigí a mi habitación para dejar la cartera, y en eso estaba cuando sonó el teléfono. Era de la facultad, del departamento de FEMODP, lo sentían mucho pero había habido un error en las listas y mi nota no era un cinco como allí aparecía, sino que era un cuatro con cinco. La revisión sería el miércoles de la semana siguiente.

¿Habéis visto ese anuncio de televisión de la MasterCard, en el que sale un niño con una camiseta de un equipo y unas botas de futbolista, al que luego su padre lleva a ver un partido y cuando entran al estadio dicen “La ilusión de ver a su equipo favorito... no tiene precio” ?, bueno ,pues por un segundo consideré la posibilidad de denunciar al departamento por causar graves daños emocionales pero solo colgué el teléfono y me puse a llorar desconsoladamente.


La pesadilla continúa.
En momentos como éste entiendo porque mi padre siempre dice que la vida es como ir de viaje por una carretera secundaria en la que los baches y socavones están a la orden del día y en la que sabes que tarde o temprano te la vas a pegar aunque nunca sabes cuando. Si bien es verdad que mi padre es un tanto pesimista, así era como me sentí yo al enterarme de la distancia entre mi primera nota y mi nota real. Esas efímeras cinco décimas suponían la diferencia entre el más puro gozo y la más honda desesperación y lo que es peor parecían completamente insalvables. Además eran el motivo por el que yo estaba en el pasillo esperando para la revisión, con un tres no me habría planteado acudir, pero con un cuatro y medio estaba obligada. Recuerdo que cuando era pequeña tenía un libro de fábulas que me encantaba, sobre todo por los dibujos, pobre cigala ¿verdad?...en fin creo que si esta historia tuviese moraleja debería ser algo del tipo: Si no eres capaz de llegar al cinco, hazte un favor y no pases del dos
.
Por fin llegó mi turno y con paso vacilante, entré en territorio enemigo. Como suele pasar el profesor que yo conocía había corregido el único ejercicio en el que no podía reclamar nada, y uno tras otro, los demás me fueron explicando muy amablemente que debido a la burrada tal, que solo una boba como yo habría puesto, les era imposible subirme nada, “es más”, me dijo la profesora que había corregido el ejercicio tres, “debería bajarte algo porque te he puesto más nota de la que te mereces”. Sentí ganas de decirle que adelante, total a mi me daba lo mismo suspender con un cuatro que con un cuatro y medio, pero me mordí la lengua porque el profesor del ejercicio uno, me había dicho que a lo mejor en la reunión de evaluación tal vez podrían subirme algo mirando el examen de forma conjunta, así que con esa pequeña esperanza me fui. Al día siguiente salían las notas de las revisiones, esta vez esperé a que la marabunta humana se dispersase un poco y por fin me acerqué a mirar.

lunes, diciembre 10, 2007

Descripciones: Individuo 9

Varón. Estatura media, alrededor de metro setenta y cinco. De unos cuarenta y pocos años. Cabeza afeitada, redonda como una bola de billar. Ojos marrones, chispeantes como todo él, y ocultos tras unas gafas ovaladas de patilla metálica. Piel morena, más bien de tonos dorados y tostados, fiel testimonio de su procedencia, las Islas Canarias, del mismo modo que lo es su modo de hablar, suave, casi arrastrado, pero muy melódico…, cada frase suya en realidad tiene la cadencia de un son cubano.
De personalidad amanerada, tanto al hablar como en la manera de moverse, tiene la costumbre de gesticular mucho al expresarse, moviendo manos y brazo como al compás de una coreografía por él orquestada. De gestos lentos, mano tonta, típica del gay de cine, al igual que el uso contaste de grititos y exclamaciones de júbilo acompañadas de un batir de palmas, exaltado e infantil.

Vestimenta ibicenca e impecable, amante de los tonos atrevidos, como hoy que lucía una camisa amplia verde lima, que contrastaba de manera asombrosa pero incomprensiblemente armónica con el tono dorado de su piel. O como los pantalones, también amplios y claros o las zapatillas marrones de esparto también típicas del gay de verano.

No resulta nada difícil imaginarle a punto de ir a pasar la tarde en una terraza muy chic y cercana a la playa para tomar un cocktail llamado “Esplendor selvático” o algo así, sin embargo se hacer harto raro verle en una de las frías aulas de la Facultad de Informática divagando (que no explicando) sobre las entrañas y entresijos de un ordenador.
Inquieto y caótico, tanto en su completa imposibilidad para estarse quieto como en su manera de expresarse, encadenando un pensamiento tras otro a su lengua en un no parar. Dice todo lo que se le pasa por la cabeza, por absurdo que pueda resultar el pensamiento, o incluso chocante, especialmente para sus alumnos que la mayor parte del tiempo lo observan entre incrédulos y divertidos.

Mal profesor del que aprender algo, pero sujeto interesantísimo del que hacer un estudio.

Veeeeengaaaa, vaaaaamos chicos... (bis 5000000000000 millones de veces)

domingo, diciembre 09, 2007

Romance Anónimo

“Para E,
…espero que te guste al menos un poquino..”
Romance Anónimo

La pequeña carpa que los organizadores del evento habían puesto a disposición del grupo para que se preparasen antes de la actuación, estaba abarrotada de gente. El bullicio de las conversaciones unido a lo cargado del ambiente, le habían hecho desear huir a cualquier sitio aislado en el que poder respirar algo de aire de puro. Para matar el tiempo y calmar los nervios, rasgaba las cuerdas de su guitarra española tratando de captar cada pequeño matiz en los sonidos que obtenía. Era hermoso verle mover hábilmente las manos a lo largo del mástil, los dedos volando sobre las cuerdas, como tejiendo una tela invisible formada por notas musicales que vibraban muy profundamente dentro del estomago, casi tocando todos los rincones secretos del cuerpo de cualquiera que le escuchase. Tan absorto estaba, que tardó un rato en percatarse de que el ambiente ruidoso y molesto de antes había mutado para transformarse en un silencio expectante y admirativo ante su improvisada actuación.
Abochornado dejó de tocar y deseó poder hacerse invisible para escapar del aplauso y las felicitaciones que le siguieron. No le gustaba ser el centro de atención pero amaba la música y nunca había podido resistirse a buscarla allí donde se encontrara. Aliviado observó que el bajo, dándose cuenta de su incomodidad, distraía a los presentes haciendo una serie de comentarios jocosos sobre el estilo de la baterista del grupo a la hora de manejar las baquetas, y que ésta, risueña, le seguía la broma. Tras hacerles a ambos un gesto de agradecimiento por el rescate, fue a refugiarse en un rincón desde donde poder observar disimuladamente todo lo que había a su alrededor.

Se suponía que ese era un día importante, el concierto consagración del grupo, lo que todos habían soñado desde que empezaron su andadura juntos hacía ya una pequeña eternidad, y sin embargo, en lugar de estar lleno de júbilo se sentía melancólico y triste. Algo se había perdido en el camino. En algún momento había olvidado porqué le gustaba tanto tocar para los demás. Molesto consigo mismo y con sus oscuros pensamientos, sacó un cigarro y una cerilla. La llama relampagueó con intensidad durante un breve instante antes de que la acercase al cigarrillo para prenderle fuego. Aspiró con fuerza saboreando la primera calada, y distraído observó como el humo ascendía lentamente en espiral hasta el techo. Un día de estos tenía que dejarlo, se prometió en silencio, y sonrió irónicamente al reconocer en el acto la falsedad de esa promesa. En el exterior, la lluvia golpeaba la lona de la carpa de forma constante, siguiendo un patrón rítmico e incomprensible, pero de alguna manera, armonioso, casi sedante, y durante un minuto se sintió en paz.

No faltaba mucho para que diese comienzo el concierto pero nadie parecía tener prisa por moverse de allí. Junto a la mesa de la comida y la bebida, con la que los organizadores tan amablemente les habían obsequiado, el cantante flirteaba con una técnico de sonido. La risa de la chica le hizo pensar que era más que posible que su amigo tuviese suerte esa noche, y envidió su facilidad para tomarse la vida de forma ligera. Algo en las ramificaciones de ese pensamiento le provocó un dolor intenso en el pecho, y ante la repentina imposibilidad de respirar empezó a caminar rápidamente hacía la salida. Habría corrido de no haber sabido que eso preocuparía al resto de los integrantes del grupo. Necesitaba unos minutos a solas. Tal vez al notar las frías gotas de agua mojándole la cara volviese a sentir que estaba vivo…, aunque se conformaba simplemente con sentir algo bueno otra vez.

Al salir de la tienda el aire húmedo le revolvió el pelo, inspiró profundamente el aroma de la tierra mojada y sintió como se aliviaba un poco la presión en el pecho. Tiró al suelo la colilla del cigarro que aún tenía entre los dedos y se puso los cascos sin apenas ser consciente de ello. En ese momento se dio cuenta de que no sabía muy bien a donde ir, y con un leve encogimiento de hombros se puso a caminar sin dirigirse a ningún lugar en particular.
Estaban a últimos de septiembre y no hacía realmente mucho frío, pero el día había amanecido con el cielo cubierto de nubarrones y no había dejado de llover ni un minuto desde primeras horas de la mañana. Era una lluvia suave, calabobos que decían en su tierra, lo bastante densa como para resultar un tanto incomoda pero no tanto como para hacer necesaria la suspensión del concierto. Resultaba agradable concentrar los pensamientos en el clima, o en cosas igual de inocuas que no le cortasen la respiración, ni le doliesen…, el problema estaba en que últimamente empezaba a querer algo más que sensaciones simplemente agradables aunque parecía que había perdido la capacidad de conseguirlas. Irritado se dio cuenta de que había vuelto a los pensamientos deprimentes que tanto se estaba esforzando por evitar ese día.
De alguna manera su subconsciente o quizás simplemente la casualidad le habían llevado hasta la parte trasera del escenario, y el recuerdo de los primeros conciertos con el grupo, de cuando los cinco espiaban ansiosos tras el telón momentos antes de comenzar a tocar, se coló en su cabeza y le hizo esbozar una sonrisa melancólica y divertida a la vez. Siguiendo un impulso subió al escenario donde los teloneros habían terminado su actuación hacía unos minutos, y donde los técnicos se afanaban por terminar los preparativos para el plato fuerte del espectáculo: ¡ellos!. Su guitarra eléctrica ya estaba allí, enchufada y lista para sonar, se acercó y pasó la yema de los dedos suavemente por el mástil antes de cogerla, y dirigirse con ella al centro del escenario para espiar tras las cortinas igual que cuando empezaron. Y en ese momento, justo cuando sus manos apartaron la tela negra que separaba público y artistas, lo justo para abrir una pequeña brecha por la que mirar, algo se rompió, o estalló, o se sacudió dentro de él, e hizo que todo encajase de repente.

El tiempo se ralentizó mientras los cascos reproducían imperturbables una melodía, una guitarra tocando el comienzo de una canción. Y a la vez miles de cabezas borrosas aguantando un chaparrón para oírles tocar. Y entre ellas la de una chica subida en los hombros de un grupo de amigos, completamente empapada pero riendo feliz y cantando. Y más música en su cabeza: el Romance Anónimo del concierto de Aranjuez que daba paso a una melodía nueva, y luego la voz estremecedora de Eddie VedderTidal waves don't beg forgiveness … And the sky breaks at dawn; shedding light upon this town they'll all come ‘round..; Las vibraciones de las palmadas y las voces del público exigiendo que diese comienzo el concierto; ... the rusted signs, left just for me, he was guiding me, love, his own way...; Todo junto conspirando para formarle un nudo en el estomago y ponerle la piel de gallina, un sentimiento indescriptible que prácticamente le sobrepasaba. Tan inmerso estaba en todas esas emociones, que la mano que sintió en ese momento sobre su hombro le hizo sobresaltarse como si hubiese recibido una descarga eléctrica. Realmente puede que eso fuese lo que le hubiese pasado durante ese instante surrealista en el que todo había girado en su cabeza como en un caleidoscopio, porque al volverse para ver quien le llamaba, encontrarse con el grupo al completo, todos sonrientes y con una mirada cómplice, fue la última pincelada para completar un cuadro perfecto.

Lentamente se quitó los cascos, y devolviéndoles la sonrisa les miró, y se sintió vivo por primera vez en mucho tiempo.

- ¿Listo para empezar? – la voz del cantante fue un mero susurro.

Solo había una respuesta posible a esa pregunta, un breve asentimiento acompañó el leve movimiento de su mano para extraer un largo y estremecedor gemido de la guitarra y dar comienzo al concierto.


26 de noviembre de 2006, Madrid.